miércoles, 20 de marzo de 2024

Hace 68 años Perón le escribía esta carta a Florencio Monzón.

 





Carta a Florencio Monzón 20 de marzo de 1956


Escrito por Juan Domingo Perón. 


Panamá, 20 de marzo de 1956.


Señor D. Florencio Monzón


SANTIAGO


Mi querido compañero y amigo:


Acuso recibo de su carta del Io de marzo próximo pasado y le agradezco todas sus preocupaciones y fatigas en apoyo de nuestra causa y de nuestra lucha. Las informaciones muy buenas y muy completas. Me parece muy bien todo lo que ustedes están haciendo allí. Yo trato que lo mismo se haga en Brasil, Bolivia, Uruguay y Paraguay. Creo que todo se va organizando poco a poco. Yo no creo tanto como ustedes en una solución inmediata, rápida y fortuita de la situación, creo que será necesario prepararnos para una lucha que puede ser larga y penosa. Si en tanto se solucionan las cosas por un golpe de la fortuna, mejor pero, de lo contrario es necesario organizar la resistencia para una acción de aliento. Es solo en el camino de ésta que puede producirse la anterior.



Por eso, preparo las instrucciones para enfrentar una organización de aliento para la lucha futura. En pocos días más les he de hacer llegar mis ideas al respecto. Con las instrucciones impartidas y las aclaraciones que hoy le remito a María, que han sido ya cursadas a Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia, para ser metidas en nuestro país a través de la frontera, se completan las bases para la lucha actual por medio de la resistencia. El segundo paso será sistematizar esa lucha mediante organismos permanentes que permitan una perfecta coordinación y dirección con unidad de acción.


Por la carta que dejó allí el amigo Enrique Oliva veo que los muchachos trabajan activamente en el interior de nuestro país. Le adjunto una r a Para que le haga llegar a este muchacho. Estos comandos Coronel Perón, según tengo entendido han sido organizados por los peronistas y coordinan su acción con los trabajadores que son parte de la lucha ilegal con las organizaciones. Es precisamente esta organización la que ha de servir de base, extendiéndose lo necesario, hasta montar una máquina poderosa. Los ciudadanos irán perdiendo el temor a la represión violenta y a las armas de la dictadura. El hombre se acostumbra a todo, incluso al peligro. Cuando ello suceda, lo que ha de lograrse solo con el tiempo, la lucha entrará en su fase decisiva y efectiva. Hasta entonces es una especie de gimnasia destinada a adquirir la experiencia y la eficacia.


Es necesario también que la juventud peronista actúe activamente movilizando a los estudiantes secundarios y universitarios en la agitación, constituyendo los comandos necesarios, para establecer también en este campo, la resistencia. Creo que el trabajo ha de ser arduo en este año, hasta que se produzca la decisión o se establezca la lucha sistemática. La intervención de los militares que actualmente conspiran (Lonardi, Bengoa, Uranga, etc.) no ha de ser lo decisivo para nosotros, porque ellos trabajan por su cuenta con las fuerzas que les responden. Es indudable que ellos serán una ayuda, pero debemos cuidar que en caso alguno le entreguemos el pueblo a ellos porque, al final, harán lo mismo que éstos, ya que obedecen a directivas preconcebidas y a una ideología que no es la nuestra.


Nosotros debemos defender al pueblo contra estos "libertadores " y la única forma de hacerlo es asegurando que, en caso alguno, el pueblo vaya a ser engañado y metido en una empresa en su contra.


Ayer le escribí a María dándole detalles de todo esto. Le mando los retratos que me pidió. Espero que me digan informando como hasta ahora, porque sus informaciones me son muy útiles.


Muchas gracias por todo, le incluyo mi nuevo domicilio para que me escriba directamente a él.


Pronto les he de hacer llegar los contactos directos en Brasil, Uruguay, Bolivia, etc., a fin de que ustedes puedan comunicarse con ellos en caso de necesidad. Será útil que estemos siempre en comunicación permanente y rápida cualquiera sea la región, porque ello acelera la ejecución de cualquier asunto y permite la coordinación de todo lo que se ejecuta.

Un gran abrazo

Juan Perón


miércoles, 22 de marzo de 2023

Se cumplen 58 años de esta carta de Perón al Doctor Julio Antún "he hecho llegar a la Mesa Ejecutiva del Justicialismo Nacional la necesidad de perseguir a todo trance esa unidad y solidaridad, sin las cuales todo puede malograrse."

 



Carta al Dr. Julio Antún 22 de marzo de 1965 


Escrito por Juan Domingo Perón. 


Madrid, 22 de marzo de 1965.


Al Dr. Julio Antún


CORDOBA


Mi querido amigo:


Aprovechando que contesto una carta al Doctor Zanón Borso le he pedido que le haga llegar ésta con mis congratulaciones por lo logrado allí y mis felicitaciones a todos los compañeros de Córdoba. Sé que allí también han habido intentos divisionistas pero, estas elecciones, que dentro de nuestra lucha no son más que un incidente más, han puesto en evidencia con claridad meridiana el error de los que creen posible disociar al Peronismo, como asimismo a los neoperonistas que en procura de intereses personales o de círculo, hayan pretendido pescar a río revuelto. El dilema sigue siendo siempre el mismo: o nos salvamos todos o nos hundimos todos, porque nadie va a sobrevivir al naufragio del Peronismo así represente a un ridículo partidito condenado de antemano a quedar reducido a un Aramburu cualquiera.


La cordura y madurez de la masa peronista es el mejor ejemplo que estas elecciones han puesto de manifiesto, porque debe haber llamado al orden a los dirigentes que, encandilados por falsas apariencias, pensaron en la posibilidad de dividirnos para destruirnos o disociarnos para lograr intereses personales o de círculo. Ha sido una enseñanza valiosa para amigos y enemigos. Sin embargo, en su conjunto, es sólo un éxito parcial y los éxitos parciales sirven en la medida que se los sepa aprovechar para arrimar ventajas a la solución de conjunto. De modo que queda aún el rabo por desollar. Se impone, por pronta maniobra, que utilicemos las ventajas obtenidas para realizar la mejor unidad y solidaridad de nuestras fuerzas. Los resultados de las urnas habrán persuadido a los neoperonistas y otras yerbas, de la necesidad de abandonar el camino personal o de círculo para no hacer el papelón que todos han hecho aunque hayan ganado algún escaño secundario, que sólo les servirá para poner en evidencia su pequeñez.


Creo que todas las autoridades justicialistas deben poner su mayor empeño en esa unidad y al efecto he hecho llegar a la Mesa Ejecutiva del Justicialismo Nacional la necesidad de perseguir a todo trance esa unidad y solidaridad, sin las cuales todo puede malograrse. Esta tarea ha de realizarse enseguida porque el hierro ha de doblarse caliente y las circunstancias me parecen muy propicias. Todo depende de la grandeza con que sepan proceder, eliminando pasiones que no se justifican e intereses que, frente a las conveniencias generales y del país, resultan ridículos. Todo el Peronismo, que ha recibido de la masa la mejor lección, está en la imprescindible obligación de seguir este ejemplo. Los dirigentes peronistas que no estuvieran a la altura de la misión que la hora impone a todos, no tendrían mucho que beneficiarse de una conducta distinta.


Ustedes , en Córdoba, afortunadamente, y el resultado lo evidencia, no han "rengueado de esta pata". Sin embargo no han de haber faltado diversiones pecaminosas, aunque las hayan sabido superar. Por ello les hago llegar mi más sincera enhorabuena y felicitación que le ruego haga llegar a todos los compañeros.Indudablemente, este golpe ha sido terrible para el Gobierno (de alguna manera hay que llamarlo) pero no es decisivo en manera alguna desde que se empeñará en lo sucesivo en capear el temporal. Sin embargo ello no será fácil porque no tienen salida: políticamente, porque carecen de la capacidad y la grandeza necesarias para tentar soluciones; económicamente, porque la crisis estructural que azota a la economía argentina no tiene salida como no sea la estructuración de nuevos sistemas y métodos que ellos no están en capacidad ni condiciones de imponer y, socialmente, porque jamás contarán en la medida necesaria con el concurso del Pueblo que seguirá poniéndole dificultades en vez de cooperación y buena voluntad. Con poco que hagamos nosotros, el asunto estará terminado.


Todo hace ver la necesidad de operar con sabiduría y con prudencia para lograr lo cual necesitamos una conducción, una organización y un plan de acción. Los hechos han probado que una conducción (al decir de algunos mala) es siempre mejor que ninguna. Sin organización esa conducción no puede realizarse de manera conveniente, que ponga a todos los peronistas en todo lugar y momento a luchar por los objetivos y la misión que el plan establece. Sin una concepción centralizada no se podrá alcanzar la unidad de acción que la lucha impone. Todo lo anterior no será sino la consecuencia de la unidad que propugno desde hace tanto tiempo. Hay que luchar por poner a todos de acuerdo, cosa que aunque un poco difícil de alcanzar, tiene tanta importancia, que bien vale la pena intentarlo y lograrlo.


Me consta que las autoridades partidarias (Mesa Ejecutiva del Justicialismo Nacional) o los llamados "Cinco Grandes" están en la mejor disposición para realizar esa unidad. Si todos nos empeñamos de la misma manera y tratamos, de empeñar a los demás, se podrá lograr el mayor triunfo peronista de todos los tiempos: "El triunfo sobre nosotros mismos". Yo creo que el peor enemigo que ha tenido el Peronismo en los últimos tiempos ha sido ese divisionismo suicida y estúpido que estimulado por la propaganda enemiga en todos sus órganos publicitarios, debió habernos hecho comprender la necesidad de evitarla. En cambio algunos dirigentes equivocados o atraídos por intereses que no son los nuestros ni justifican acciones tan perjudiciales, se sumaron a la tarea de denigrar a nuestros dirigentes, quitarles autoridad y destruir la disciplina partidaria. Visto ahora, con mayor perspectiva y la experiencia lograda, resalta con gran claridad, que se ha tratado de un juego en el que han estado metidos nuestros enemigos y algunos amigos que de buena o de mala fe han cooperado en lo mismo.


Bueno amigo Antún: me parece que le he dado la lata sobre este asunto, pero mi interés es que, Ustedes los de Córdoba, que han sido los grandes campeones y ganadores de este campeonato, traten de hacerles ver y enseñarles a los demás cómo se hace. No dejen de interesarse en ello, porque considero lo más importante de este momento.


Le ruego que haga llegar, con mis felicitaciones más efusivas y sinceras, mi saludo más afectuoso a todos los compañeros. Un gran abrazo.


Firmado: Juan Perón.

jueves, 4 de noviembre de 2021

Se cumplen 190 años de la Batalla de La Ciudadela

 La Batalla de La Ciudadela fue un combate ocurrido durante las guerras civiles argentinas, librado entre las fuerzas federales al mando de Juan Facundo Quiroga y los unitarios de Gregorio Aráoz de Lamadrid en las afueras de San Miguel de Tucumán, el 4 de noviembre de 1831.




La Liga Unitaria del Interior había durado lo que duró el mando del general José María Paz y la guerra civil iniciada en 1828 se acercaba a su fin. Con la prisión de éste en manos de los federales, Lamadrid retrocedió con su ejército de 1.500 desmoralizados soldados hacia Tucumán, su provincia natal, lugar donde sabría que podría recuperarse considerando que Córdoba era indefendible. A eso se sumaba la cercanía de Bolivia, cuyo régimen era favorable a su causa.


Mientras tanto, Quiroga recuperaba el poder en Cuyo con apenas 450 hombres, principalmente sacados de las cárceles y calles de Buenos Aires, aunque el reumatismo le impedía moverse con la debida rapidez. Pronto reunió en Mendoza un ejército 1.200 a 1.500 jinetes, 500 infantes, 200 artilleros y 4 cañones con los que decidió avanzar hacia Tucumán. El general en jefe de los federales, Estanislao López, ordeno a Balcarce retirarse con el grueso del ejército federal de Córdoba a Buenos Aires sin explicación. Quiroga quedaba sólo.


El ejército unitario estaba falto de buenos caballos, lo que hacía más lentos sus movimientos, siendo posible ser vigilado por Quiroga. A pesar de sus limitados recursos y las constantes desavenencias entre Lamadrid y el gobernador Javier López, ambos supieron olvidar sus diferencias y colaborar en la defensa de su provincia, de hecho, el gobernador quedara al mando de la división tucumana, una tropa de más de mil locales. El nuevo ejército organizado por los unitarios sumaba más de tres mil efectivos, para ello se trajeron armas desde Bolivia y se atrincheraron en La Ciudadela, fortaleza construida muchos años atrás por José de San Martín. Los gobiernos de las provincias de Salta y Tucumán habían sido los mejores aliados de Paz, las únicas administraciones unitarias anteriores a su llegada. Caído el resto del país en poder federal, ambas provincias del norte sabían lo que se les venía encima. Ayudados por el tradicional apoyo al centralismo unitario de parte del pueblo, prepararon su defensa y demostrarían ser huesos duros de roer.


Lamadrid rechazo los ataques de los santiagueños en Salta. Esto significo una preocupación tal para las autoridades salteñas que se negaron a enviar los 3.000 hombres que Lamadrid pedía desesperadamente de refuerzo. Además, López rechazó a Juan Felipe Ibarra y sus 1.500 santiagueños en Río Hondo el 20 de octubre, obligándolo a regresar a Santiago del Estero. Quiroga envió a su segundo, el coronel Juan de Dios Bargas, a enfrentar a los unitarios en Catamarca, pero éste fue derrotado en Miraflores. Entonces el mismo Quiroga se puso al frente de sus hombres y avanzó hacia Tucumán, persiguiendo a Lamadrid.


El 3 de noviembre al mediodía hubo un principio de batalla en Famaillá, pero las tropas federales fueron detenidas por la espesa selva. A la mañana siguiente, ya en la Ciudadela, Quiroga dividió sus fuerzas en dos mitades y cada una en dos cuerpos, la izquierda, al mando del general José Ruiz Huidobro, y la derecha, al mando de Martín Yanzón y Nazario Benavídez, que serían después gobernadores de la provincia de San Juan. Las fuerzas de Lamadrid iban al mando de Javier López (ala izquierda apoyada en una zanja) y Juan Esteban Pedernera (ala derecha apoyada en La Ciudadela). En el centro tenía una nutrida infantería y tres baterías de artillería cuyo fuego causaría estragos en el enemigo. Otros coroneles destacados serían Juan Arengreen, José María Aparicio y José Félix Correa de Saá. La mayoría de la oficialidad unitaria era veterana de las victorias de Paz en San Roque, La Tablada y Oncativo. El plan de Quiroga era flanquear al enemigo con su superior artillería y rodear su bien posicionado centro.


La batalla se desarrolló durante dos horas y media, sin decidirse para ninguno de los dos bandos, y varias veces la victoria pareció a punto de declararse a favor la Lamadrid. Pero Quiroga traía personalmente de regreso al campo de batalla a cada regimiento que se dispersaba, y lentamente quedó claro que la victoria quedaría para las fuerzas federales ya que los subordinados del caudillo lo obedecían incondicionalmente. Por otro lado, los unitarios se celaban mutuamente, Lamadrid no tenía la autoridad como para hacerlos obedecer a todos y al final cada oficial hizo con su unida lo que quiso. En consecuencia, la ventajosa posición de los tucumanos, un cinturón de fuego formado por la artillería y la infantería atrincheradas alrededor del castillo, fue poco importante en el resultado. Quiroga cargo con sus tropas contra la artillería con la intención de neutralizarla. De los mil dragones a caballo que lo acompañaron en la batalla, sólo cuatrocientos sobrevivieron a las cargas contra un ejército muy superior, de las tres armas y perfectamente pertrechado. Finalmente, ordena a una de sus alas flanquear al enemigo y atacar la infantería de Lorenzo Barcala, obligando a su rival a usar todas sus reservas en contener ese ataque. Los infantes formaron un cuadro pero empezaron a caer ante sus enemigos. Entonces el riojano decidió encabezar el mismo una nueva carga apoyado por Ibarra y Reynafé, aunque serían necesarias dos horas para derrotar a los unitarios. Lamadrid achacó la derrota a las dudas que tuvieron algunos de sus coroneles al ordenárseles atacar, sobre todo Pedernera.


Los unitarios sufrieron un total de más de mil muertos y más de cuatrocientos prisioneros. La caballería escapo con sus oficiales a Salta, mientras la infantería -preparada por Paz en Córdoba- se rindió y paso a los federales. Unos treinta y tres oficiales unitarios capturados fueron ejecutados. Se desconoce el número exacto de muertos en el campo federal, pero fueron tal altas que toda posibilidad de invadir Salta quedaba descartada. Entre ellos estaba el coronel Bargas y otros tres oficiales. Como escribió Quiroga en el parte de la victoria:


Los enemigos han perdido hasta la esperanza de dominar a los pueblos, y entre los muertos, el coronel de artillería don Juan Arengreen, el del 5to, don José María Aparicio...


Desconfiando de Estanislao López, con su división menguada y temiendo sufrir como los españoles con la Guerra Gaucha si intentaba invadir Salta, Quiroga termino por renunciar al mando pero esto fue rechazado por sus superiores, Rosas y López. El gobernador salteño, Rudecindo Alvarado, pudo aprovechar la debilidad de su enemigo para acabar con él, contaba con armas, hombres y el apoyo boliviano pero tras enterarse del resultado de La Ciudadela supo que estaba sólo contra los federales e inicio negociaciones de paz.


Lamadrid y la mayor parte de sus oficiales intentaron refugiarse en Salta, pero el gobierno provincial se negó a organizar un nuevo ejército para oponer a Quiroga, y debieron huir a Bolivia. La victoria federal terminó por varios años con los intentos del partido unitario de controlar la Argentina. A finales de ese año los aliados de Quiroga controlaron la provincia de Salta.


El 2 de diciembre, los gobernadores de La Rioja y Salta firmaron en Tucumán un acuerdo de paz, en el que la segunda provincia se comprometía a seguir políticas claramente federales y a pagar los costes de la guerra a la primera. El general Alejandro Heredia fue elegido gobernador de Tucumán, y por su influencia el gobierno salteño fue asumido por el federal Pablo Latorre; años más tarde, el mismo Heredia expulsaría del gobierno a Latorre. Gracias a la influencia de su gobernador, Tucumán no tuvo que pagar indemnización. Los dirigentes más destacados del partido unitario tucumano fueron obligados a pagar las contribuciones de guerra exigidos por Quiroga, pero éstos no fueron saldados en su totalidad debido a la amistad de Heredia y Quiroga. También la provincia de Catamarca fue obligada a pagar una costosa reparación por la guerra a los riojanos. Igualmente fue obligada a pagar la vecina de Santiago del Estero como muestra de la hegemonía que había conseguido Quiroga en el noroeste del país. Mientras sigilosamente Heredia extendía sus lazos a Catamarca y Santiago del Estero, pero con asperezas y lentitud se adhería a la Liga del Litoral de Rosas.


Los gauchos apoyaban a Quiroga y López, y estos por un juego de alianzas a Rosas, quien resultaba más un negociador que un guerrero (como se vio en Caseros). Tras la guerra se iniciaba un triunvirato entre los caudillos, pero tras la muerte de los dos primeros el porteño Rosas surgiría a finales de esa misma década como el amo absoluto de la Confederación.


Por esa época una comisión de salteños y jujeños llegaba a La Paz para solicitarle a Andrés de Santa Cruz su anexión a Bolivia, país mucho más estable en ese entonces que la confederación. Quiroga tuvo que mover los hilos de la diplomacia y sus influencias para impedir un conflicto en que el presidente boliviano intentara expandir sus fronteras sobre Salta y Tucumán, como venía planeándolo desde antes de La Ciudadela. Santa Cruz había declarado estar dispuesto a proteger una provincia «soberana e independiente», lo que hubiera sido la excusa para intervenir e invadir el territorio, sin embargo, la guerra que estalló en el Perú le obligo a cambiar de prioridades. Pero los conflictos entre ambas repúblicas no pararon durante la década.


Heredia veía la amenaza que se cernía sobre su provincia (además de Jujuy y Salta) y solicito constantemente apoyo político y militar a Rosas, pero aquel siempre desestimo el poder boliviano, aunque también estaba interesado en anexarse Tarija le movía más el deseo de enfrentar a los unitarios exiliados en Bolivia y que eran el principal apoyo a las ambiciones de Santa Cruz. Más interesado en la integridad nacional frente al expansionismo boliviano, Heredia mantendrá una política más tolerante con los unitarios, permitiendo incluso que lleguen al poder en Salta en 1835 a fin de negárselos como aliados a Santa Cruz. Esto motivara a Rosas a planear una expedición contra dicha provincia pero el tucumano lo convencerá de no hacerla. Aunque esta política no impedirá un intento de invasión de los opositores de Heredia a Tucumán un año más tarde con apoyo boliviano y unitario, el tucumano seguirá con su estrategia (Santa Cruz esperaba que dichos opositores, una vez en el poder, facilitarían su deseo de anexarse en noroeste argentino). Finalmente, para 1837 Heredia unificaría todo el noroeste bajo su poder, justo cuando estallaría el conflicto abierto contra Santa Cruz.



viernes, 24 de abril de 2020

Hace 65 años finalizaba la Conferencia de Bandung





La conferencia de Bandung fue una reunión de estados asiáticos y africanos, la mayoría de los cuales acababan de acceder a la independencia. Fue organizada por los grandes líderes independentistas: Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, Jawaharlal Nehru, de India y Sukarno, jefe de Estado de Indonesia, además de los líderes de Pakistán, Birmania y Ceilán. Estos cinco países asiáticos invitaron a otros 25 a participar en la conferencia.

Se celebró entre el 18 de abril y el 24 de abril de 1955 en Bandung, Indonesia, con el objetivo de favorecer la cooperación económica y cultural afroasiática, en oposición al colonialismo y el neocolonialismo de las antiguas metrópolis y los Estados Unidos, así como a su inclusión dentro del área de influencia exclusiva de la Unión Soviética.

Se acordaron una serie de principios que debían guiar las relaciones internacionales de los integrantes del Movimiento de Países No Alineados, fundado en su espíritu en esta conferencia:

1. Respeto por los derechos fundamentales del hombre y para los fines y principios de la Carta de las Naciones Unidas.

2. Respeto para la soberanía y la integridad territorial de todas las naciones.

3. Reconocimiento de la igualdad de todas las razas y de todas las naciones, grandes y pequeñas.

4. Abstención de intervenciones o interferencia en los asuntos internos de otros países.

5. Respeto al derecho de toda nación a defenderse por sí sola o en colaboración con otros Estados, en conformidad con la Carta de las Naciones Unidas.

6. Abstención de participar en acuerdos de defensa colectiva con vistas a favorecer los intereses particulares de una de las grandes potencias.

7. Abstención por parte de todo país a ejercitar presión sobre otros países.

8. Abstención de actos o de amenaza de agresión y del uso de la fuerza en los cotejos de la integridad territorial o de independencia política de cualquier país.

9. Composición de todas las vertientes internacionales con medios pacíficos, como tratados, conciliaciones, arbitraje o composición judicial, así como también con otros medios pacíficos, según la libre selección de las partes en conformidad con la Carta de las Naciones Unidas.

10. Promoción del interés y de la cooperación recíproca.

11. Respeto por la justicia y las obligaciones internacionales.

12. Hacer valer las creencias de las distintas culturas internacionales del Movimiento. 4. Abstención de intervenciones o interferencia en los asuntos internos de otros países.




La Conferencia se organizó en tres comisiones de trabajo: una política, una económica y una cultural.

El comunicado final elaborado por los participantes recogió las conclusiones de la conferencia sobre cooperación económica, cooperación cultural, derechos del hombre, autodeterminación, problemas de los pueblos dependientes, la promoción de la paz y la cooperación mundiales con los principios de la coexistencia pacífica, así como una condena de la discriminación racial y sobre la radiactividad.

El principal objetivo de la conferencia era el establecimiento de una alianza de Estados independientes y la instauración de una corriente neutralista y de no alineamiento con la política internacional de las dos grandes potencias. El Movimiento de Países No Alineados integró a países como la Cuba revolucionaria o la Yugoslavia socialista, que pretendían mantener una posición de independencia respecto a la URSS.

Para celebrar el aniversario número 50 de la Conferencia, los Jefes de Estado y de Gobierno de países asiáticos y africanos se reunieron en una Encuentro Asia-África entre el 20 y el 24 de abril de 2005 en Bandung y Yakarta. Algunas sesiones de la nueva conferencia tuvieron lugar en el Gedung Merdeka (Edificio de la Independencia), sitio de la conferencia original. Esta nueva reunión concluyó con el establecimiento de una Nueva Alianza Estratégica Afro-Asiática.

Entre los países participantes se encontraron:

•Afganistán
•Arabia Saudita
•Birmania
•Camboya
•Costa de Oro
•Ceilán
•China
•Egipto
•Etiopía
•Filipinas
•India
•Indonesia
•Irán
•Irak
•Japón
•Jordania
•Laos
•Líbano
•Liberia
•Libia
•Nepal
•Pakistán
•Siria
•Sudán
•Tailandia
•Turquía
•Vietnam del Norte
•Vietnam del Sur
•Yemen

lunes, 11 de noviembre de 2019

Hace 66 años Perón hablaba del ABC, en la Escuela Nacional de Guerra, discurso ideal para que lo lean los que se enamoran de falsos lideres del progresismo internacional




DISCURSO EN LA ESCUELA NACIONAL DE GUERRA SOBRE EL ABC Y LA INTEGRACIÓN SURAMERICANA [1] 
Juan Domingo Perón 
[11 de Noviembre de 1953]


Señores:
He aceptado con gran placer esta ocasión para disertar sobre las ideas fundamentales que han inspirado una nueva política internacional en la República Argentina.
Es indudable que, por el cúmulo de tareas que yo tengo, no podré presentar a ustedes una exposición académica sobre este tema, pero sí podré mantener una conversación en la que lo más fundamental y lo más decisivo de nuestras concepciones será expuesto con sencillez y con claridad.
Las organizaciones humanas, a lo largo de todos los tiempos, han ido, indudablemente, creando sucesivos agrupamientos y reagrupamientos.
Desde la familia troglodita hasta nuestros tiempos eso ha marcado un sinnúmero de agrupaciones a través de las familias, las tribus, las ciudades, las naciones y los grupos de naciones y hay quien se aventura ya a decir que para el año 2000 las agrupaciones menores serán los continentes.
La evolución histórica de la humanidad va afirmando este concepto cada día con mayores visos de realidad.
Eso es todo cuanto podemos decir en lo que se refiere a la natural y fatal evolución de la humanidad.
Si ese problema lo transportamos a nuestra América surge inmediatamente una apreciación impuesta por nuestras propias circunstancias y nuestra propia situación.
El mundo, superpoblado y superindustrializado, presenta para el futuro un panorama que la humanidad todavía no ha conocido, por lo menos en una escala tan extraordinaria.
Todos los problemas que hoy se ventilan en el mundo son, en su mayoría, producto de esta superpoblación y superindustrialización, sean problemas de carácter material o sean problemas de carácter espiritual.
Es tal la influencia de la técnica y de esa superproducción, que la humanidad, en todos sus problemas económicos, políticos y sociológicos, se encuentra profundamente influida por esas circunstancias.
Si ése es el futuro de la humanidad, estos problemas irán progresando y produciendo nuevos y más difíciles problemas emergentes de las circunstancias enunciadas.
Resulta también indiscutible que la lucha fundamental en un mundo superpoblado es por una cosa siempre primordial para la humanidad: la comida.
Ese es el peor y el más difícil problema a resolver.
El segundo problema que plantea la industrialización es la materia prima; valdría decir que en este mundo que lucha por la comida y por la materia prima, el problema fundamental del futuro es un problema de base y fundamento económicos.
La lucha del futuro será cada vez más económica, en razón de una mayor superpoblación y de una mayor superindustrialización.
En consecuencia, analizando nuestros problemas, podríamos decir que el futuro del mundo, el futuro de los pueblos y el futuro de las naciones estará extraordinariamente influido por la magnitud de las reservas que posean: reservas de alimentos y reservas de materias primas.
Eso es una cosa tan evidente, tan natural y simple, que no necesitaríamos hacer uso ni de la estadística y menos aún de la dialéctica para convencer a nadie.
Y ahora, viendo el problema práctica y objetivamente, pensamos cuáles son las zonas del mundo donde todavía existen las mayores reservas de estos dos elementos fundamentales de la vida humana: el alimento y la materia prima.
Nuestro continente, en especial Sudamérica, es la zona del mundo donde todavía, en razón de su falta de población y de su falta de explotación extractiva, está la mayor reserva de materia prima y alimentos del mundo.
Esto nos indicaría que el porvenir es nuestro y que en la futura lucha nosotros marchamos con una extraordinaria ventaja frente a las demás zonas del mundo, que han agotado sus posibilidades de producción alimenticia y de provisión de materias primas, o que son ineptas para la producción de estos dos elementos fundamentales de la vida.
Si esto, señores, crea realmente el problema de la lucha, es indudable que en esa lucha llevamos nosotros una ventaja inicial, y que en el aseguramiento de un futuro promisorio tenemos halagüeñas esperanzas de disfrutarlo en mayor medida que otros países del mundo.
Pero precisamente en estas circunstancias radica nuestro mayor peligro, porque es indudable que la humanidad ha demostrado a lo largo de la historia de todos los tiempos que cuando se ha carecido de alimentos o de elementos indispensables para la vida, como serían las materias primas y otros, se ha dispuesto de ellos quitándolos por las buenas o por las malas, vale decir, con habilidosas combinaciones o mediante la fuerza.
Lo que quiere decir, en buen romance, que nosotros estamos amenazados a que un día los países superpoblados y superindustrializados, que no disponen de alimentos ni de materia prima pero que tienen un extraordinario poder, jueguen ese poder para despojarnos de los elementos que nosotros disponemos en demasía con relación a nuestra población y a nuestras necesidades.
Ahí está el problema planteado en sus bases más fundamentales, pero también las más objetivas y realistas.
Si subsistiesen los pequeños y débiles países, en un futuro no lejano podríamos ser territorio de conquista, como han sido miles y miles de territorios desde los fenicios hasta nuestros días.
No sería una historia nueva la que se escribiría en estas latitudes; sería la historia que ha campeado en todos los tiempos, sobre todos los lugares de la tierra, de manera que ni siquiera llamaría mucho la atención.
Es esa circunstancia la que ha inducido a nuestro gobierno a encarar de frente la posibilidad de una unión real y efectiva de nuestros países, para encarar una vida en común y para planear, también, una defensa futura en común.
Si esas circunstancias no son suficientes, o ese hecho no es un factor que gravite decisivamente para nuestra unión, no creo que exista ninguna otra circunstancia importante para que la realicemos.
Si cuanto he dicho no fuese real, o no fuese cierto, la unión de esta zona del mundo no tendría razón de ser, como no fuera una cuestión más o menos abstracta e idealista.
Señores: es indudable que desde el primer momento nosotros pensamos en esto; analizamos las circunstancias y observamos que, desde 1810 hasta nuestros días, nunca han faltado distintos intentos para agrupar esta zona del continente en una unión de distintos tipos.
Los primeros surgieron en Chile, ya en los días iniciales de las revoluciones emancipadoras de la Argentina, de Chile, del Perú.
Todos ellos fracasaron por distintas circunstancias.
Es indudable que, de realizarse aquello en ese tiempo, hubiese sido una cosa extraordinaria.
Desgraciadamente, no todos entendieron el problema, y cuando Chile propuso eso aquí a Buenos Aires, en los primeros días de la Revolución de Mayo, Mariano Moreno fue el que se opuso a toda unión con Chile.
Es decir que estaba en el gobierno mismo, y en la gente más prominente del gobierno, la idea de hacer fracasar esa unión.
Eso fracasó por culpa de la Junta de Buenos Aires.
Hubo después varios que fracasaron también por diversas circunstancias.
Pasó después el problema a ser propugnado desde el Perú, y la acción de San Martín también fracasó.
Después fue Bolívar quien se hizo cargo de la lucha por una unidad continental, y sabemos también cómo fracasó.
Se realizaron después el primero, el segundo y el tercer Congreso de México con la misma finalidad. Y debemos confesar que todo eso fracasó, mucho por culpa nuestra.
Nosotros fuimos los que siempre más o menos nos mantuvimos un poco alejados, con un criterio un tanto aislacionista y egoísta.
Llegamos a nuestros tiempos.
Yo no querría pasar a la historia sin haber demostrado, por lo menos fehacientemente, que ponemos toda nuestra voluntad real, efectiva, leal y sincera para que esta unión pueda realizarse en el continente.
Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados; pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a nosotros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes al año 2000, y llegar en mejores condiciones que aquella que nos podrá deparar el destino, mientras nosotros seamos yunque que aguantamos los golpes y no seamos alguna vez martillo; que también demos algún golpe por nuestra cuenta.
Es por esa razón que ya en 1946, al hacer las primeras apreciaciones de carácter estratégico y político internacional, comenzamos a pensar en ese grave problema de nuestro tiempo.
Quizá, en la política internacional que nos interesa, es el más grave y el más trascendente; más trascendente quizá que lo que pueda ocurrir en la guerra mundial, que lo que pueda ocurrir en Europa, o que lo que pueda ocurrir en el Asia o en el Extremo Oriente; porque éste es un problema nuestro, y los otros son problemas del mundo en el cual vivimos, pero que están suficientemente alejados de nosotros.
Creo también que en la solución de este grave y trascendente problema cuentan los pueblos más que los hombres y que los gobiernos.
Es por eso que, cuando hicimos las primeras apreciaciones, analizamos si esto podría realizarse a través de las cancillerías actuantes como en el siglo XVIII, en una buena comida, con lúcidos discursos, pero que terminan al terminar la comida, inoperantes e intrascendentes, como han sido todas las acciones de las cancillerías de esta parte del mundo desde hace casi un siglo hasta nuestros días; o si habría que actuar más efectivamente, influyendo no a los gobiernos, que aquí se cambian como se cambian las camisas, sino influyendo a los pueblos, que son los permanentes.
Porque los hombres pasan y los gobiernos se suceden, pero los pueblos quedan.
Hemos observado, por otra parte, que el éxito, quizá el único éxito extraordinario del comunismo, consiste en que ellos no trabajan con los gobiernos, sino con los pueblos.
Porque ellos están encaminados a una obra permanente y no a una obra circunstancial.
Y si en el orden internacional quiere realizarse algo trascendente, hay que darle carácter permanente.
Porque mientras sea circunstancial, en el orden de la política internacional no tendría ninguna importancia.
Por esa razón, y aprovechando las naturales inclinaciones de nuestra doctrina propia, comenzamos a trabajar sobre los pueblos, sin excitación, sin apresuramientos y, sobre todo, tratando de cuidar minuciosamente, de desvirtuar toda posibilidad de que nos acusen de intervención en los asuntos internos de otro Estado.
En 1946, cuando yo me hice cargo del gobierno, la política internacional argentina no tenía ninguna definición.
No encontramos allí ningún plan de acción, como no existía tampoco en los ministerios militares, ni siquiera una remota hipótesis sobre la cual los militares pudieran basar sus planes de operaciones.
Tampoco en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en todo su archivo, había un solo plan activo sobre la política internacional que seguía la República Argentina, ni siquiera sobre la orientación, por lo menos, que regía sus decisiones o designios.
Nosotros habíamos vivido, en política internacional, respondiendo a las medidas que tomaban los otros con referencia a nosotros, pero sin tener jamás una idea propia que nos pudiese conducir, por lo menos a lo largo de los tiempos, con una dirección uniforme y congruente.
Nos dedicamos a tapar los agujeros que nos hacían las distintas medidas que tomaban los demás países.
Nosotros no teníamos iniciativa.
No es tan criticable el procedimiento, porque también suele ser una forma de proceder, quizá explicable, pues los pequeños países no pueden tener en el orden de la política internacional objetivos muy activos ni muy grandes; pero tienen que tener algún objetivo.
Yo no digo que nosotros vamos a establecer objetivos extracontinentales para imponer nuestra voluntad a los rusos, a los ingleses o a los norteamericanos; no, porque eso sería torpe.
Vale decir que en esto, como se ha dicho y sostenido tantas veces, hay que tener la política de la fuerza que se posee o la fuerza que se necesite para sustentar una política.
Nosotros no podemos tener lo segundo y, en consecuencia, tenemos que reducirnos a aceptar lo primero, pero dentro de esa situación podemos tener nuestras ideas y luchar por ellas para que las cancillerías, que juegan al estilo del siglo XVIII, no nos estén dominando con sus sueños fantásticos de hegemonías, de mando y de dirección.
Para ser país monitor -como sucede con todos los monitores- ha de ser necesario ponerse adelante para que los demás lo sigan.
El problema es llegar cuanto antes a ganar la posición o la colocación, y los demás van a seguir aunque no quieran.
De manera que la hegemonía no se discute; la hegemonía se conquista o no se conquista.
Por eso nuestra lucha no es, en el orden de la política internacional, por la hegemonía de nadie, como lo he dicho muchas veces, sino simple y llanamente la obtención de lo que conviene al país en primer término; en segundo término, lo que conviene a la gran región que encuadra el país; y en tercer término, al resto del mundo, que ya está más lejano y a menor alcance de nuestras previsiones y de nuestras concepciones.
Por eso, como lo he hecho en toda circunstancia, para nosotros: primero la República Argentina, luego el continente y después el mundo.
En esa posición nos han encontrado y nos encontrarán siempre, porque entendemos que la defensa propia está en nuestras manos; que la defensa, diremos relativa, está en la zona continental que defendemos y en que vivimos; y que la defensa absoluta es un sueño que todavía no ha alcanzado ningún hombre ni nación alguna de la tierra. Vivimos solamente en una seguridad relativa pensando, señores, en la idea fundamental de llegar a una unión en esta parte del continente.
Habíamos pensado que la lucha del futuro será económica; la historia nos demuestra que ningún un país se ha impuesto en ese campo, ni en ninguna lucha, si no tiene en sí una completa unidad económica.
Los grandes imperios, las grandes naciones, han llegado desde los comienzos de la historia hasta nuestros días, a las grandes conquistas, a base de una unidad económica.
Y yo analizo que si nosotros soñamos con la grandeza que tenemos la obligación de soñar para nuestro país, debemos analizar primordialmente ese factor en una etapa del mundo en que la economía pasará a primer plano en todas las luchas del futuro.
La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá -en el momento actual- la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva.
Estos son países reservas del mundo.
Los otros están quizá a no muchos años de la terminación de todos sus recursos energéticos y de materia prima; nosotros poseemos todas las reservas de las cuales todavía no hemos explotado nada.
Esa explotación que han hecho de nosotros, manteniéndonos para consumir lo elaborado por ellos, ahora en el futuro puede dárseles vuelta, porque en la humanidad y en el mundo hay una justicia que está por sobre todas las demás justicias, y que algún día llega.
Y esa justicia se aproxima para nosotros; solamente debemos tener la prudencia y la sabiduría suficientes para prepararnos a que no nos birlen de nuevo la justicia, en el momento mismo en que estamos por percibirla y por disfrutarla.
Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina.
Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separados o juntos, sino en pequeñas unidades.
Apreciado esto, señores, yo empecé a trabajar sobre los pueblos.
Tampoco olvidé de trabajar sobre los gobiernos, y durante los seis años del primer gobierno, mientras trabajábamos activamente en los pueblos, preparando la opinión para bien recibir esta acción, conversé con los que iban a ser presidentes, por lo menos, en los dos países que más nos interesaban: Getulio Vargas y el general Ibáñez.
Getulio estuvo total y absolutamente de acuerdo con esta idea, y en realizarla tan pronto él estuviera en el gobierno. lbáñez me hizo exactamente igual manifestación, y contrajo el compromiso de proceder de igual manera.
Yo no me hacía ilusiones porque ellos hubieran prometido esto, para dar el hecho por cumplido, porque bien sabía que eran hombres que iban al gobierno y no iban a poder hacer lo que quisieran, sino lo que pudieran.
Sabía bien que un gran sector de esos pueblos se iba a oponer tenazmente a una realización de este tipo, por cuestiones de intereses personales y negocios, más que por ninguna otra causa.
¡Cómo no se van a oponer los ganaderos chilenos a que nosotros exportemos sin medida ganado argentino a Chile!
¡Y cómo no se van a oponer a que solucionemos todos los problemas fronterizos para la internación de ganado los acopiadores chilenos, cuando una vaca o un novillo, a un metro de la frontera chilena hacia el lado argentino, vale diez mil pesos chilenos, y a un metro hacia Chile de la frontera argentina, vale veinte mil pesos chilenos!
Ese que gana los diez mil pesos no va a estar de acuerdo nunca con una unidad de este tipo.
Cito este caso grosero para que los señores intuyan toda la gama inmensa de intereses de todo orden que se desgranan en cada una de las cosas que come el pobre roto chileno y que producimos nosotros, o que consumimos nosotros y producen ellos.
Ese mismo fenómeno sucede con el Brasil.
Por esa razón nunca me hice demasiadas ilusiones sobre las posibilidades de ello; por eso seguimos trabajando por estas uniones, porque ellas deberán venir por los pueblos. Nosotros tenemos muy triste experiencia de las uniones que han venido por los gobiernos; por lo menos, ninguna en ciento cincuenta años ha podido cristalizar en alguna realidad.
Probemos el otro camino que nunca se ha probado para ver si, desde abajo, podemos ir influyendo en forma determinante para que esas uniones se realicen.
Señores, sé también que el Brasil, por ejemplo, tropieza con una gran dificultad: es Itamaraty, que allí constituye una institución supergubernamental.
Itamaraty ha soñado, desde la época de su Emperador hasta nuestros días, con una política que se ha prolongado a través de todos los hombres que han ocupado ese difícil cargo en el Brasil.
Ella los había llevado a establecer un arco entre Chile y el Brasil; esa política debe ser vencida con el tiempo y por un buen proceder de parte nuestra.
Debe desmontarse todo el sistema de Itamaraty y deben desaparecer esas excrecencias imperiales que constituyen, más que ninguna otra razón, los principales obstáculos para que el Brasil entre a una unión verdadera con la Argentina.
Nosotros con ellos no tenemos ningún problema -como no sea ese sueño de la hegemonía-, en el que estamos prontos a decirles: son ustedes más grandes, más lindos y mejores que nosotros; no tenemos ningún inconveniente.
Nosotros renunciamos a todo eso, de manera que ése tampoco va a ser un inconveniente.
Pero es indudable que nosotros creíamos superado en cierta manera ese problema.
Yo he de contarles a los señores un hecho que pondrá perfectamente en evidencia cómo procedemos nosotros y por qué tenemos la firme convicción de que al final vamos a ganar nosotros porque procedemos bien.
Porque los que proceden mal son los que sucumben víctimas de su propio mal procedimiento; por eso, no emplearemos en ningún caso ni los subterfugios, ni las insidias, ni las combinaciones raras, que emplean algunas cancillerías.
Cuando Vargas subió al gobierno me prometió que nos reuniríamos en Buenos Aires o en Río y haríamos ese tratado que yo firmé con Ibáñez después: el mismo tratado.
Ese fue un propósito formal que nos habíamos trazado. Más aún, dijimos: -Vamos a suprimir las fronteras, si es preciso.
Yo agarraba cualquier cosa, porque estaba dentro de la orientación que yo seguía y de lo que yo creía que era necesario y conveniente.
Yo sabía que acá yo lo realizaba, porque cuando yo le dijera a mi pueblo que quería hacer eso, yo sabía que mi pueblo querría lo que yo quería en el orden de la política internacional, porque ya aquí existe una conciencia política internacional en el pueblo y existe una organización.
Además, la gente sabe que, en fin, tantos errores no cometemos, de manera que tiene también un poco de fe en lo que hacemos.
Más tarde Vargas me dijo que era difícil que pudiéramos hacerlo tan pronto, porque él tenía una situación política un poco complicada en las Cámaras y que antes de dominarlas quería hacer una conciliación.
Es difícil eso en política; primero hay que dominar y después la conciliación viene sola.
Son puntos de vista; son distintas maneras de pensar.
El siguió un camino distinto y nombró un gabinete de conciliación, vale decir, nombró un gabinete donde por lo menos las tres cuartas partes de los ministros eran enemigos políticos de él y que servirían a sus propios intereses y no a los del gobierno.
Claro que él creyó que eso en seis meses le iba a dar la solución; pero cuando pasaron los seis meses el asunto estaba más complicado que antes.
Naturalmente, no pudo venir acá; no pudo imponerse frente a su Parlamento y frente a sus propios ministros a realizar una tarea, en la que había que ponerse los pantalones y jugarse frente a la política internacional mundial, frente a su pueblo, a su Parlamento y a los que había que vencer.
Naturalmente, yo esperé.
En ese ínterin es elegido presidente el general Ibáñez del Campo; la situación para él no era mejor que la situación de Vargas, pero en cierta manera llegaba plebiscitado, en todo lo que puede ser plebiscitado en Chile, con elecciones sui generis, porque allá se inscriben los que quieren, y los que no quieren, no.
Es una cosa muy distinta a la nuestra.
Pero él llega al gobierno naturalmente.
Tan pronto llega al gobierno, yo le informo lo que habíamos conversado, lo tanteé. Me dice: de acuerdo, lo hacemos. ¡Muy bien!
El general fue más decidido, porque los generales solemos ser más decididos que los políticos, pero antes de hacerlo, como yo tenía un compromiso con Vargas, le escribí una carta que le hice llegar por intermedio de su propio embajador, a quien llamé y le dije: -vea, usted tendrá que ir a con esta carta y tendrá que explicarle todo esto a su presidente. Hace dos años nosotros nos metimos a realizar este acto. Hace más de un año y pico que lo estoy esperando, y no puede venir. Yo pido autorización a él para que me libere de ese compromiso de hacerlo primero con el Brasil y me permita hacerlo primero con Chile. Claro que le pido esto porque creo que estos tres países son los que deben realizar la unión.
El embajador va allá y vuelve y me dice, en nombre de su presidente, que no solamente me autoriza a que vaya a Chile liberándome del compromiso, sino que me da también su representación para que lo haga en nombre de él en Chile.
Naturalmente, ya sé ahora muchas cosas que antes no sabía; acepté sólo la autorización, pero no la representación.
Fui a Chile, llegué allí y le dije al general Ibáñez: Tengo aquí todo listo y traigo la autorización del presidente Vargas, porque yo estaba comprometido a hacer esto primero con él y con el Brasil; de manera que todo sale perfectamente bien como lo hemos planeado, y quizás al hacerse esto se facilite la acción a Vargas y se vaya arreglando así mejor el asunto.
Llegamos, hicimos allá con el ministro de Relaciones Exteriores todas esas cosas de las Cancillerías, discutimos un poco, poca cosa y llegamos al acuerdo, no tan amplio como nosotros queríamos, porque la gente tiene miedo en algunas cosas y, es claro, salió un poco retaceado, pero salió.
No fue tampoco un parto de los montes, pero costó bastante convencer, persuadir, etcétera.
Y al día siguiente llegan las noticias de Río de Janeiro, donde el ministro de Relaciones Exteriores del Brasil hacía unas declaraciones tremendas contra el Pacto de Santiago: -que estaba en contra de los pactos regionales, que ésa era la destrucción de la unanimidad panamericana....
Imagínense la cara que tendría yo al día siguiente cuando fui y me presenté al presidente Ibáñez.
Al darle los buenos días, me preguntó: -¿Qué me dice de los amigos brasileños?
Naturalmente que la prensa carioca sobrepasó los límites a que había llegado el propio ministro de Relaciones Exteriores, señor Neves da Fontoura.
Claro, yo me callé; no tenía más remedio.
Firmé el tratado y me vine aquí.
Cuando llegué me encontré con Gerardo Rocha, viejo periodista de gran talento, director de 0 Mundo en Río, muy amigo del presidente Vargas, quien me dijo: -Me manda el presidente Vargas para que le explique lo que ha pasado en el Brasil. Dice que la situación de él es muy difícil; que políticamente no la puede dominar; que tiene sequías en el Norte, heladas en el Sur; y a los políticos los tiene levantados; que el comunismo está muy peligroso; que no ha podido hacer nada; en fin, que lo disculpe, que él no piensa así y que si el ministro ha hecho eso, que él tampoco puede mandar al ministro.
Yo me he explicado perfectamente bien todo esto; no lo justificaba, pero me lo explicaba por lo menos.
Naturalmente, señores, que planteada la situación en estas circunstancias, de una manera tan plañidera y lamentable, no tuve más remedio que decirle que siguiera tranquilo, que yo no me meto en las cosas de él y que hiciera lo que pudiese, pero que siguiera trabajando por esto.
Bien, señores. Yo quería contarles esto, que probablemente no lo conoce nadie más que los ministros y yo; claro está que son todos documentos para la historia, porque yo no quiero pasar a la historia como un cretino que ha podido realizar esta unión y no la ha realizado.
Por lo menos quiero que la gente piense en el futuro que si aquí ha habido cretinos, no he sido yo solo; hay otros cretinos también como yo, y todos juntos iremos al -baile del cretinismo.
Pero lo que yo no quería es dejar de afirmar, como lo haré públicamente en alguna circunstancia, que toda la política argentina en el orden internacional ha estado orientada hacia la necesidad de esa unión, para que, cuando llegue el momento en que seamos juzgados por nuestros hombres frente a los peligros que esta disociación producirá en el futuro, por lo menos tengamos el justificativo de nuestra propia impotencia para realizarla.
Sin embargo, yo no soy pesimista; yo creo que nuestra orientación, nuestra perseverancia, va todos los días ganando terreno dentro de esta idea, y estoy casi convencido de que un día lo hemos de realizar todo bien y acabadamente, y que tenemos que trabajar incansablemente por realizarlo.
Ya se acabaron las épocas del mundo en que los conflictos eran entre dos países.
Ahora los conflictos se han agrandado de tal manera y han adquirido tal naturaleza que hay que prepararse para los grandes conflictos y no para los pequeños conflictos.
Esta unión, señores, está en plena elaboración; es todo cuanto yo podría decirles a ustedes como definitivo.
Estamos trabajándola, y el éxito, señores, ha de producirse; por lo menos, nosotros hemos preparado el éxito, lo estamos realizando, y no tengan la menor duda de que el día que se produzca yo he de saber explotarlo con todas las conveniencias necesarias para nuestro país, porque, de acuerdo con el aforismo napoleónico, el que prepara un éxito y lo conquista, difícilmente no sabe sacarle las ventajas cuando lo ha obtenido.
En esto, señores, estoy absolutamente persuadido de que vamos por buen camino.
La contestación del Brasil, buscando desviar su arco de Santiago a Lima, es solamente una contestación ofuscada y desesperada de una cancillería que no interpreta el momento y que está persistiendo sobre una línea superada por el tiempo y por los acontecimientos; eso no puede tener efectividad.
La lucha por las zonas amazónicas y del Plata no tiene ningún valor ni ninguna importancia; son sueños un poco ecuatoriales y nada más.
No puede haber en ese sentido ningún factor geopolítico ni de ninguna otra naturaleza que pueda enfrentar a estas dos zonas tan diversas en todos sus factores y en todas sus características. Aquí hay un problema de unidad que está por sobre todos los demás problemas, y en estas circunstancias, quizá muy determinantes, de haber nosotros solucionado nuestros entredichos con Estados Unidos, tal vez esto favorezca en forma decisiva la posibilidad de una unión continental en esta zona del continente americano.
Señores: como ha respondido el Paraguay, aunque es un pequeño país; como irán respondiendo otros países del continente, despacito, sin presiones y sin violencias de ninguna naturaleza, así se va configurando ya una suerte de unión.
Las uniones deben realizarse por el procedimiento que es común: primeramente hay que conectar algo; después las demás conexiones se van formando con el tiempo y con los acontecimientos.
Chile, aun a pesar de la lucha que deben sostener allí, ya está unido con la Argentina.
El Paraguay se halla en igual situación.
Hay otros países que ya están inclinados a realizar lo mismo. Si nosotros conseguimos ir adhiriendo lentamente a otros países, no va a tardar mucho en que el Brasil haga también lo mismo, y ése será el principio del triunfo de nuestra política.
La unión continental a base de Argentina, Brasil y Chile está mucho más próxima de lo que creen muchos argentinos, muchos chilenos y muchos brasileños; en el Brasil hay un sector enorme que trabaja por esto.
Lo único que hay que vencer son intereses; pero cuando los intereses de los países entran a actuar, los de los hombres deben ser vencidos por aquéllos, ésa es nuestra mayor esperanza.
Hasta que esto se produzca, señores, no tenemos otro remedio que esperar y trabajar para que se realice; y ésa es nuestra acción y ésa es nuestra orientación.
Muchas gracias.
JUAN DOMINGO PERÓN
[1] Invitado por el señor Ministro de Defensa Nacional, General de División D. Humberto Sosa Molina, a escuchar una conferencia que dictaría a los cursantes el señor Director de la Escuela Nacional de Guerra, General de División D. Horacio A. Aguirre, el Excelentísimo señor Presidente de la Nación, General de Ejército D. JUAN PERÓN, asistió al mencionado Instituto Superior, en compañía del señor Ministro invitante. Terminada la conferencia del señor General Aguirre, el primer magistrado hizo uso de la palabra y vertió los conceptos que se transcriben.

viernes, 16 de agosto de 2019

Se cumplen 178 años de la Batalla de Angaco.

General José Félix Aldao



La Batalla de Angaco (16 de agosto de 1841), fue un enfrentamiento de la guerra civil argentina entre el partido unitario y el federal argentinos en Angaco 23 km al NNE de San Juan, que dio una efímera ventaja a los unitarios. El jefe de los federales era el general José Félix Aldao y el de los unitarios, Mariano Acha.

La batalla de Angaco fue la más sangrienta de todas las batallas de las guerras civiles argentinas. El triunfo unitario fue exiguo, porque poco tiempo más tarde los federales retomaron la ciudad de San Juan y derrotaron, capturaron y asesinaron a Acha.

Situación previa

En mayo de 1840, la Provincia de La Rioja se separó de la Confederación Argentina y se sumó a la Coalición del Norte. Este hecho puso a las provincias cuyanas en campaña para invadir La Rioja.

En 1841 Rosas había logrado terminar con el apoyo francés al partido unitario, rechazado a Lavalle en Buenos Aires y anulado la injerencia de la Comisión Argentina en Montevideo, comenzando a imponerse en la contienda.

Las tropas federales tomaron La Rioja, pero no destruyeron el ejército unitario. En Sañogasta el gobernador de San Juan, Nazario Benavidez batió al gobernador riojano Brizuela y lo persiguió en su fuga. Brizuela, herido por la espalda, cayó prisionero y murió poco después.

El general Lamadrid, con sus tropas unitarias marchó sobre La Rioja que se hallaba desprotegida y la tomó. Entretanto, el Chacho Peñaloza rearmó su ejército en los Llanos, amenazando San Juan, y hostigando las poblaciones fronterizas entre ambas provincias.

Benavidez, al frente de las tropas sanjuaninas, y Aldao, con las tropas mendocinas y puntanas, marcharon a reunirse en el territorio riojano para tomar la Ciudad de La Rioja.


En agosto, el general Acha marchó desde La Rioja hacia San Juan con una vanguardia del ejército unitario, con el objeto de evitar la reunión de Benavídez y Aldao y distraer al Ejército Federal del Oeste de la invasión a La Rioja, mientras Lamadrid reacondicionaba el grueso del ejército y esperaba refuerzos en la Ciudad de La Rioja. Sin embargo, durante el camino 380 de sus 900 hombres desertaron.

Acha tomó la Ciudad de San Juan el 13 de agosto sin combate alguno, y durante dos días se reaprovisionó.

El general Acha, conociendo el regreso de la columna de Benavídez, abandonó la ciudad y salió hacia el norte a su encuentro con un pequeño refuerzo conformado por unitarios sanjuaninos.

El 15 de Agosto en la mañana, la vanguardia unitaria, el Batallón Brizuela, a cargo de Juan Crisóstomo Álvarez divisó el campamento federal, que se hallaba haciendo el rancho y con los caballos desensillados. Fue una sorpresa para ambos ejércitos, ya que no esperaban encontrarse tan pronto, ni en ese lugar. Álvarez inmediatamente dio la orden de atacar.

La batalla duró dos horas, tras las cuales las tropas de Benavídez, cansadas, hambrientas y mal dormidas fueron derrotadas. A pesar de que fue un triunfo, los unitarios solo lograron dispersar a sus enemigos.

Poco después de finalizar la batalla se divisó el polvo del grueso del Ejército Federal del Oeste, con su comandante José Félix Aldao, que ingresó por la quebrada entre el Pie de Palo y el Villicum.

Aldao continuó avanzando, seguro en la superioridad numérica de sus fuerzas, y se reunió con Benavídez, que había rearmado sus tropas. Acha, confiado por el éxito parcial de su vanguardia, había tenido tiempo de elegir estratégicamente el mejor terreno para esperar al enemigo.

Acha se apostó en un lugar donde existía una gran acequia de más de 5 metros de ancho y 2,5 metros de profundidad, y en ambos bordes tenía tupidas filas de álamos carolinos; a un lado de ella formó su ejército, colocando al centro la infantería y la artillería, y a cada lado la caballería.

El lugar de la batalla era conocido como "Punta del Norte" porque marcaba el final del valle y el comienzo del desierto. Se encontraba en la actual calle Ontiveros y continúa en calle El Bosque, cerca del límite entre los municipios de Angaco y Albardón. En el lugar se puede encontrar un monolito conmemorativo colocado en 1993, en el aniversario de la batalla.

La batalla

Benavídez y Aldao tuvieron diferencias en cuanto a quién debía comandar el Ejército del Oeste. Convinieron en que la vanguardia quedaría para el primero y el grueso del ejército para el segundo.

El 16 de agosto de 1841, a las 8:00 de un día frío, Benavídez avanzó con su caballería en un ataque precipitado, ya que aún no llegaba el grueso del ejército federal al campo de batalla, y se lanzó contra sus enemigos. Luego de dos horas de combate, en las que perecieron la mitad de sus hombres, debió retirarse. Aldao, al tanto de la situación, no hizo nada por ayudarlo. Uno de los primeros en caer, de un balazo en la cabeza, fue el coronel José Manuel Espinoza, jefe del Batallón sanjuanino de Cazadores Federales, y fue reemplazado en el campo de batalla por el coronel Francisco Domingo Díaz, el mismo que luego sería dos veces gobernador de San Juan.



Aldao ordenó a la infantería cargar por el centro y a la caballería flanquear por ambos lados. La artillería de Acha, superior a la federal, destrozó a la infantería; los cadáveres llegaron a tapar la acequia y puentes de lado a lado. La caballería federal logró atacar la línea unitaria, pero un rápido movimiento de los dos escuadrones de caballería unitarios rechazó el ataque y la hizo volver.

Luego de esto, Aldao ordenó a la caballería atacar por los flancos, donde los cañones unitarios la destrozaron y obligaron a retirarse por segunda vez. En la confusión del ataque de la caballería, Aldao quiso aprovechar la confusión y ordenó a Francisco Díaz avanzar al trote hacia la línea de artillería e infantería enemiga; los cañones unitarios llegaron a disparar a quemarropa contra las tropas sanjuaninas, que continuaron su avance hasta empeñar combate cuerpo a cuerpo con bayonetas y sables. Por su parte, Acha cargó al frente de sus infantes y se movió por toda la línea, apoyando con su presencia donde flaqueaban sus tropas.

La caballería federal fue rechazada por la caballería unitaria y, a consecuencia de esto, la infantería debió replegarse con grandes pérdidas.

La batalla se detuvo alrededor de las dos de la tarde, luego de 6 horas de combate. A la espera de un nuevo embate federal, Acha ordenó a su infantería apostarse dentro de la acequia, utilizándola como trinchera.

Aldao, furioso por no haber podido vencer pese a la amplia superioridad numérica, rehízo velozmente los dos batallones de infantería y ordenó un nuevo ataque, sin dar tiempo a la caballería, que se hallaba dispersa, de rearmarse. La infantería trabó encarnizado combate con numerosas bajas. Cuando la caballería federal logró sumarse a la batalla fue derrotada nuevamente por los unitarios, con Crisóstomo Alvarez a la cabeza; a pesar de hallarse herido de cierta gravedad, éste guio a sus tropas y persiguió a la caballería federal, que retrocedía por tercera vez.

Aldao ordenó una nueva maniobra, con el ataque del comandante Rodriguez con caballería por la retaguardia; pero los unitarios estaban prevenidos y los fusilaron a quemarropa, cayendo entre los muertos el mismo Rodríguez.

Acha se movía a lo largo de la línea arengando a sus tropas que se embravecían en su presencia, les gritaba

Ya los sabéis, nuestros enemigos no dan cuartel al vencido; el hombre que cae en sus manos, es en el acto degollado; muramos, pues, si fuese menester, pero muramos peleando; vamos a dar una nueva carga y que sea la última, caiga quien caiga."

Aldao, ganado por la desesperación, condujo personalmente lo que quedaba de su infantería y avanzó hasta la acequia, donde sus hombres se tiraron cuerpo a tierra, separando a los contendientes la acequia de 5 metros. Se fusilaron unos a otros intensamente. La caballería federal volvió al ataque, y nuevamente la caballería de Crisóstomo Álvarez rechazó los ataques hasta poner en huida a la caballería federal. Emprendió la persecución, y en el camino giró violentamente hacia la infantería federal y cargó sobre ella aniquilándola. El mayor Barrera, al frente de la infantería federal, dio batalla hasta que sólo quedaron 44 infantes junto a él; recién en ese momento depuso las armas.

Rendida la infantería, el resto del ejército federal huyó hacia el interior de la provincia de San Juan. Eran aproximadamente las 17:00. Por su parte, Benavídez se dirigió hacia la ciudad de San Juan, donde reunió 400 hombres, simulando haber triunfado. Al producirse el avance de Acha hacia la ciudad, huyó hacia La Rinconada.

El ejército federal perdió más de mil hombres, la mayor parte de sus bagajes, y sufrió a 157 infantes presos. Los unitarios perdieron más de 170 hombres. Ambos bandos dejaron en el campo de batalla gran parte de sus oficiales.

Consecuencias

La victoria unitaria fue efímera: días después, en la Batalla de La Chacarilla, Nazario Benavidez derrotaría a los combatientes unitarios sobrevivientes en Angaco, recuperaría la ciudad de San Juan y apresaría al general Acha, quien sería ejecutado poco tiempo después.

El general Lamadrid continuó su lento avance hacia la ciudad de San Juan y luego a Mendoza, que ocupó sucesivamente. Perseguido primero por Benavídez y luego por el general Ángel Pacheco, fue definitivamente derrotado por éste en la batalla de Rodeo del Medio, que terminaría con la resistencia unitaria por una década.

Las relaciones entre Aldao y Benavídez quedaron resentidas por la derrota; esto se agravó porque el segundo fue nombrado Jefe del Ejército Federal del Oeste al poco tiempo y ganó prestigio militar a pesar de la derrota. Al respecto escribirá Sarmiento:

"Aldao, que se mantuvo a la distancia, tomó la fuga y dejó a Benavides agotarse en inútiles esfuerzos de valor."

Los unitarios exaltaron la batalla y el valor demostrado por sus hombres. La batalla de Angaco se transformó en una gran historia de propaganda del coraje y entrega de los unitarios. Al respecto diría Sarmiento:

"...la Batalla de Angaco es un oasis de gloria en que el ánimo puede reposarse en medio de este desierto sembrado de errores, de desórdenes y de derrotas."

En tanto que el general José María Paz la recordó como

"...un suceso extraordinario... acción gloriosa, que hace el más alto honor al valor, al patriotismo y la abnegación de los que en ella se encontraron."


Anécdotas de la batalla

Teresa de Vargas, luego conocida como la difunta Teresa, figura de culto popular en Angaco, se desempeñó en las cercanías del frente, asistiendo a los heridos.

El mayor Melchor Aldao, sobrino del comandante federal, fue rechazado junto con su caballería, pero no se resignaba a retirarse. Clavó espuelas a su caballo y saltó la zanja hasta llegar a la línea unitaria donde alguien gritó ¡No maten a ese valiente!; jinete y caballo cayeron rápidamente bajo las bayonetas unitarias.

En el fragor del combate algunos oficiales se desafiaban a duelo personal, de acuerdo a los usos de la época. Relatan que un oficial unitario y uno federal se desafiaron a duelo y tomando cada uno su fusil dispararon cayendo ambos muertos inmediatamente.

Crisóstomo Álvarez fue gravemente herido en la cabeza durante la batalla y se vio obligado a retirarse del campo de batalla para ser vendado. Inmediatamente de vendado, volvió ensangrentado al frente, causando el llanto de algunos de sus soldados ante la muestra de valor y entrega. El prestigio militar de Álvarez luego de la batalla fue inmenso.



jueves, 20 de junio de 2019

Perón le escribía a los compañeros peronistas hace 58 años




Carta a compañeros peronistas (20 de junio de 1961)

Escrito por Juan Domingo Perón.

Mis queridos compañeros:

Frente a la campaña organizada para hacerme aparecer como desligado del problema argentino, yo reafirmo que lucharé por la liberación del Pueblo hasta lograrlo. Si mi forzoso exilio me impide estar físicamente presente, en cambio lo estoy a través de todas las resoluciones de las estructuras de la conducción.

El Movimiento Peronista está incólume y en la lucha pero debe ajustar su organización en defensa de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Nunca hemos sido un partido político, ni lo seremos, sino un movimiento nacional, por eso hay que formar nuevamente al Frente Justicialista uniendo a todos los peronistas en nuestra doctrina y conduciéndolos con unidad de acción. Es necesario volver a 1945, a la agitación solidaria del Pueblo, a la tiza y al carbón y a la hermandad de todos los peronistas. La forma en que se lo haga, no tiene tanta importancia como que se lo realice a fondo y acabadamente.

Los organismos de la conducción táctica, tanto en la línea política como en la sindical, tienen toda la autoridad que pueda emanar del Comando Superior que invisto, por eso pido a todos los peronistas que acaten sus resoluciones y órdenes porque no son otra cosa que la resultante de mis propias decisiones.

¡Unidos venceremos! y el Pueblo será libre.

Un gran abrazo.

Juan Perón


Hace 68 años Perón le escribía esta carta a Florencio Monzón.

  Carta a Florencio Monzón 20 de marzo de 1956 Escrito por Juan Domingo Perón.  Panamá, 20 de marzo de 1956. Señor D. Florencio Monzón SANTI...